El Gallo ya no canta

Desde la ribera parda

Ellos alzan sus bastones

Como duendes sonámbulos:

El Gallo ya no canta.

Son los custodios de la memoria,

Los olvidados del recuerdo.

El tiempo arrugando sus frentes,

El tiempo desvistiendo las hojas.

Son los poetas del silencio,

Los guerreros de la elocuencia.

Un pensamiento etéreo

Franquea la aurora;

El Gallo ya no canta,

Ya nadie canta las horas.

La Tierra boquea bajo sus pies doloridos

Ellos lloran con los árboles

Porque el día huele a podredumbre,

La noche a carroña y gusanos.

El Gallo ya no canta y Ellos no pueden hacer nada;

Su momento ha pasado,

No hay nadie que los releve,

Ya nadie quiere ser un mártir.

Nadie bebe de los valores

que los movieron a besar a la tierra mojada.

El Gallo ya no canta

Y saben que cuando llegue su hora,

La Tierra morirá con Ellos.

Amar el Arte

Amar el arte es amar a la belleza. Amar al arte es aprender a ver el mundo con otros ojos. Amar el arte es retar a la muerte, cuestionar la vida, crear submundos dentro de otros submundos.

Entramos en un museo, con aquella vergüenza ingenua de no querer parecer ignorantes ante los demás visitantes, y nos plantamos frente a la hilera de cuadros, bien alineados unos junto a otros, con su pequeña nota informativa al lado –esta persona me creó en este año y me puso este nombre. Esta persona murió hace tiempo, y aquí estoy yo. Observándoos tanto como vosotros a mí-, ordenados por corrientes artísticas, años, orden alfabético. Recorremos las salas de forma ansiosa, esperando encontrar algo. Algo que no sabemos muy bien qué es; algo que despierte algo bajo la ropa, tal vez una voz que nos susurre: “¡Eh, tú! Sí, tú, te hablo a ti, estoy aquí por ti, y voy a enseñarte algo maravilloso.”, algo que nos convierta en personas diferentes cuando salimos del edificio que cuando entramos en él. De pronto, en una de las salas de paredes blancas, encontramos una pintura que nos llama la atención. Un Velázquez, un Monet, un Cézanne. Un cuadro que, por algún motivo, nos ha gustado. Lo miramos de arriba abajo, nos acercamos para ver el trazo del pincel, el uso que el pintor hizo de la pintura, la elección del color. Nos preguntamos qué quiso decir el artista al realizar el cuadro. ¿Tiene un mensaje? ¿Es una parodia de otro cuadro? ¿Qué se oculta tras las sombras del marco? ¿O se trata del arte por el arte? Pero también, ¿por qué nos gusta precisamente este cuadro? ¿Por qué me gusta a mí, por qué me tiene aquí, parada frente a él, mientras la gente alrededor echa un vistazo y sigue andando?

Lo mismo ocurre con un libro, un poema, un artículo, o tal vez una simple frase que contiene en ella misma todo un tratado filosófico escondido en las entrañas. Leemos la última palabra de la última frase de la última página de una obra literaria, cerramos el libro, y miramos al frente, conscientes de que no somos los mismos que antes de leer. Hemos aprendido algo, algo ha despertado en nuestro interior. Leemos un poema y sin saber por qué sus palabras resuenan en la  memoria mucho después de haberlo leído. Leemos algo, y de repente lo vemos por todas partes. Vemos cómo se transforma la ciudad bajo la mirada del flanêur de Baudelaire, los asesinos ocultos entre la masa de los cuentos de Allan Poe, nos reconocemos en los personajes de Tolstoi o Dostoievski. Sentimos que formamos parte de algo. De algo muy grande. Nosotros, pobres e insignificantes humanos, llenos de manías, imperfecciones, secretos, pensamientos oscuros. Vemos que hay algo muy puro que compartimos con el resto del mundo; tal vez una ilusión, un pensamiento, una emoción.

Caminamos entre la multitud con la música acariciando nuestros oídos, y de pronto todo cobra un sentido distinto. Los pasos tienen otra carencia al son del violín, el aire se respira de forma distinta con los acordes de la guitarra española. Incluso las miradas de los transeúntes parecen solidarizarse con los sonidos; rebeldes con el rock, dulces con una balada, nostálgicas con una canción de los ochenta. La música transforma el entorno, dándole sentido.

Lo mismo ocurre con la fotografía, la arquitectura, el cine, el baile. Nos cambia, nos conmueve, nos enseña. Nos hace salir de nuestra propia individualidad, de nuestros miedos personales, problemas cotidianos, y nos hace ver que hay mucho más más allá de eso.

El arte es mucho más que estética; el arte es una explicación, un sentimiento, una emoción; el arte es mucho más que un cuadro, un poema, una danza, o una pieza musical. El arte supera la individualidad, la mortalidad, las fronteras que se impone el ser humano. Quizás en el arte se encuentre el sentido de la vida.

Háblame

Háblame del cazador

que pescaba estrellas

para regalarlas a la niña enferma.

Háblame de la canción que tarareas

cuando las miradas se nos cruzan en el espejo.

Háblame desde los latidos de tu pecho

Cuando, feliz, poso mi mejilla

sobre tu piel caliente.

Háblame de las guerras sangrientas

Entre dos hormigas

por un trozo de pan.

Háblame del miedo que tiene la Luna

Al Sol, por ocultar su oscuridad.

Háblame de los caminos que no cogiste

Ni yo perseguí,

pero aún así nos juntaron.

Háblame a media noche, con el sueño en los párpados,

Cuando no puedas dormir.

Háblame, háblame siempre,

Aunque no tengas nada que decir.

Algo más que cuerpos

Ella los huele.

Huele sus cuerpos transpirando sudor, sal, y algo de alcohol.

Ellos la miran enseñando los dientes y chispeando los ojos.

Sus camisetas se pegan a sus cuerpos musculosos. El sol ha bronceado sus torsos desnudos y ahora descansan bajo el frescor del toldo de un bar de pueblo.

Sabe que la desean.

Lo sabe, porque se ha dejado el pelo largo, teñido de rubio, y ha elegido prendas para vestir que le tapen lo mínimo justo antes de rozar la indecencia. Las gafas de sol le ocultan la mirada, lo que le da un toque de misterio.

Deja que ellos imaginen el color de sus ojos: el azul que retoza en el mar y promete el cielo, el pardo de la bestia indomable y libre, el color dorado de la dulzura de la miel.

Camina lentamente para que ellos puedan pedirle un cigarro, y tal vez luego invitarla a una cerveza helada.

Ella los mira, y desea que, bajo toda esa parafernalia, esa postura arrogante y esas pocas ganas de pensar en algo más que lo que esconden los pantalones, se encuentre una personalidad fuerte, un carácter que invite a conocerse; ella desea que su conversación no esté vacía, que ellos puedan aportarle algo. Tal vez una nueva forma de ver la vida, una sensibilidad extremadamente afectiva, una inteligencia particular.

Sabe que, en su caso, su apariencia la escuda de una individualidad muy marcada, de una forma de ser intuitiva y sensible que sólo conocen aquellos que se atreven a mirar más allá.

Sabe que, igual que ella se disfraza de alguien que no es para sorprender, puede que existan más personas que, como ella, se cobijan bajo la máscara de un físico perfecto para facilitarse la vida.

Ella desea conocer algo más que sus cuerpos; ella quiere conocer personas.

Toro de la Vega

No es una batalla,
porque no tengo ejército.
No es una venganza,
porque no soy pecador.
No pueden odiarme
porque no me conocen.
¿Por qué voy a morir hoy?
No tengo armas para defenderme
ni un intelecto superior.
No tengo aliados, no tengo voz
para suplicar clemencia o perdón.
No tengo juicio ni defensa,
no puedo huir de esta prisión…
No tengo elección:
Voy a morir hoy.

image

FRAGMENTOS

Nacemos enteros, pero la vida nos va rompiendo en pequeños pedacitos.

La primera caída, la primera pelea con los amigos, una bronca de los padres, el primer amor y el primer desamor, la primera decepción profesional, la número cuarenta-y-tres, el primer roce con la muerte.

Son todas situaciones que van dividiendo  nuestro interior entre lo que éramos antes de esa experiencia y lo que somos tras vivirla.

Somos alguien un poco más experto, un poco menos inocente, un poco más furioso. Dejamos que nos penetren el perdón o el rencor, el amor o el odio, la paz o la rabia, la indiferencia o la compasión.

No podemos hacer nada para evitar la escisión irremediable de nuestro yo interior.

Pero sí podemos decidir cuáles son aquéllos fragmentos que nos conforman y cuáles es mejor desechar. Podemos elegir al amor para que remolque nuestras vidas, o estas pueden ser guiadas por la rabia.

Podemos abrazar el perdón, aprender de los errores y desterrar aquellas partes de nosotros mismos que en algún momento hemos expresado y no nos ha gustado.

Todos tenemos una bestia escondida dentro. Una bestia que se va fortaleciendo a medida que la vida se empeña en romperte en mil pedazos.

Quizás si logras domar a la bestia, logras también elegir cuáles son los  fragmentos que te conforman, y cuáles fueron partes que ya no existen de ti misma.

Lara Belmonte.

La otra mirada

A veces sientes que quieres comerte el mundo, dejarlo todo y centrarte en hacer aquello con lo que siempre has soñado pero, por un motivo u otro, nunca te has permitido intentar. Es entonces cuando te planteas hacerlo. Pero puede pasar que, en el momento que lo intentas, te quedes en blanco. Pienses que no tienes nada que decirle al mundo. Que todo aquello por hacer está inventado ya, que sólo serás una copia amateur de algo ya hecho por alguien que triunfó.

Pero todas las grandes cosas nacieron por inspiración de algo que ya estaba hecho. Sin un origen no habría un final. Sin un precedente no habría predecesor. Deja que algo te inspire, deja absorberte por ello, y luego crea. Reinventa, repiensa, reescribe el mundo. Hay infinidad de posibilidades, múltiples maneras de ver una misma realidad. Enséñale al mundo una nueva forma de verlo. Sé la otra mirada.

IMG_6021.CR2

Noche 2.

¿Puedes enamorarte de alguien por un sueño?

Hoy he conocido a una chica mientras dormía. La cara era de una persona real (dicen que no podemos inventar caras mientras soñamos), la he sacado de alguien con quien compartí aula de estudio hace años. Por aquel entonces la chica ni siquiera me gustaba, nunca me fijé en ella. El carácter se lo he puesto yo. Bueno, yo no, mi subconsciente.

La chica tenía pareja, un chico. Pero eso no le impedía tratar de seducirme descaradamente.

Me enviaba mensajes de texto en los que me enredaba en sus palabras, y ahora, fuera del sueño, aún puedo recordar ese dulce placer que me encendía las mejillas, ese cosquilleo en las entrañas al leerlos.

Como si me hubiera vuelto a enamorar. De alguien que no existe.

De alguien tan atractivo que me invitaba a dejarlo todo para irme con ella.

Sin embargo, no lo hice. No lo hice porque sabía que detrás escondía una trampa mortal.

La del cuento de sirena arruinando marineros.

La de la Musa llevando al genio a la perdición.

Así que dejé que me enamorara, y luego renuncié a ella.

Renuncié a ella pero dejé que me regalara ese sentimiento en extinción. El de ese gran amor en sus primeros días.

El que te cambia la vida para siempre.

Y aquí estoy, enamorada de una sombra.

LA MEDIA NARANJA

Existe una creencia muy generalizada en occidente sobre las relaciones humanas. Una creencia que se ha llegado a extender tanto que muchísima gente rige sus vidas según esa teoría. Quizás la culpa la tenga una mala lectura de Platón, quizás sea un invento comercial para vender de forma masiva en determinadas fechas según qué productos, quizás sea cosa de la Iglesia y su interés en crear familias monógamas y reproductivas.

El caso es que, según esta teoría, nacemos partidos por la mitad. Incompletos, a medias, imperfectos, fragmentados, escindidos. El entero recorrido de nuestra vida se basa en encontrar la otra mitad que nos complete y llene ese vacío que se supone que nos falta.

Un vacío que quizás, en lugar de a otra persona, requiera auto-confianza, seguridad en uno mismo, salud, dedicarse tiempo para aquellas pequeñas cosas de las que comúnmente prescindimos y que nos producen tanto placer. Quizás ese vacío pueda llenarse con tazas de café caliente en invierno, una cerveza helada en verano, tomar el sol con un libro en las manos.

Un vacío que quizás, por culpa de esa creencia, renunciamos a llenar de esas pequeñas cosas que nos gustan para llenarlo con otra persona. Una persona cualquiera con la que, amemos o no, estemos a gusto o no, debe quedarse con nosotros el resto de nuestras vidas.

Yo prefiero pensar en los seres humanos no como naranjas partidas por la mitad, sino como MANDARINAS.

Sí,  mandarinas. Hechas de muchos pedazos.

Porque cada persona que entra en tu vida deja su pequeña huella. Ya sea una amistad, alguien con quien cruzas la mirada en la calle y jamás vuelves a ver, un polvo de una noche, o alguien a quien amas. Todos y cada uno de ellos van formando un puzle, que puede tener cinco, veinte, mil o dos-mil piezas. Algunas de estas piezas ocuparán más espacio, otras serán más escuálidas porque no te habrán aportado tanto. Pero todas ellas son imprescindibles.

Hasta que encuentras el pedazo final. La última pieza que conforma tu mandarina. Todas las demás piezas del puzle te habrán hecho aprender, fortalecerte, de tal modo que, cuando llegas a la última pieza, eres lo suficientemente madura para quererte a ti misma y a la otra persona sin temores, sin miedos, sin renunciar a nada. Libre para elegir cuántas piezas quieres que tenga tu mandarina.

Ser urbano

En el momento en el que el ser humano se adapta a la vida en la ciudad entra a formar parte de una ilusión de seguridad que lo aísla de la realidad azarosa e injusta de la violencia de la naturaleza de la que forma parte.

Aquí puede ser educado, correcto, solidario. Reprimir el monstruo agazapado en el interior. Olvidarse de cuestiones mortales como la vida, la muerte, la lucha por la supervivencia, y centrar su existencia en la adquisición de bienes (comprar el último Iphone del mercado) o la búsqueda del prestigio social –actitudes que no dejan de formar parte de esta lucha darwiniana del más fuerte por sobrevivir y destacar entre los demás: poder, fama, y popularidad con la finalidad de alcanzar la reproducción (ligar en los bares para echar un polvo)-.

El ser urbano contempla las montañas rodeándolo en la distancia como una cosa aliena a él mismo, que puede visitar cuando decida para salir de su realidad cuando esta lo sature.

Pero la realidad es que si esos cuatro edificios de cemento que lo protegen del exterior desaparecieran súbitamente, el ser urbano, con toda su inteligencia y su adaptabilidad a la sociedad civilizada, con toda su oratoria, su multiplicidad de idiomas y estudios cualificados, sería allá fuera tan inútil e indefenso que en dos días moriría de algo tan impensable para un ser del primer mundo como es la sed, el hambre, o devorado por los depredadores.

Es quizás por esa realidad tan violenta por lo que el ser urbano decide cerrar los ojos muy fuerte a quien realmente es, a las raíces de las que proviene y en las que dará su último suspiro, y decide auto-engañarse. Pensar que es indestructible, que tiene el control, que está en la cima de la pirámide y nadie, ni la vida, puede bajarlo de allí.

Sin embargo, sobrevive tras un muro de piedra que, a la vez que le permite vivir esa mentira donde la muerte no existe, lo aliena de la realidad de su alrededor, aislándolo en un oasis extraviado.