Noche 2.

¿Puedes enamorarte de alguien por un sueño?

Hoy he conocido a una chica mientras dormía. La cara era de una persona real (dicen que no podemos inventar caras mientras soñamos), la he sacado de alguien con quien compartí aula de estudio hace años. Por aquel entonces la chica ni siquiera me gustaba, nunca me fijé en ella. El carácter se lo he puesto yo. Bueno, yo no, mi subconsciente.

La chica tenía pareja, un chico. Pero eso no le impedía tratar de seducirme descaradamente.

Me enviaba mensajes de texto en los que me enredaba en sus palabras, y ahora, fuera del sueño, aún puedo recordar ese dulce placer que me encendía las mejillas, ese cosquilleo en las entrañas al leerlos.

Como si me hubiera vuelto a enamorar. De alguien que no existe.

De alguien tan atractivo que me invitaba a dejarlo todo para irme con ella.

Sin embargo, no lo hice. No lo hice porque sabía que detrás escondía una trampa mortal.

La del cuento de sirena arruinando marineros.

La de la Musa llevando al genio a la perdición.

Así que dejé que me enamorara, y luego renuncié a ella.

Renuncié a ella pero dejé que me regalara ese sentimiento en extinción. El de ese gran amor en sus primeros días.

El que te cambia la vida para siempre.

Y aquí estoy, enamorada de una sombra.

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LA MEDIA NARANJA

Existe una creencia muy generalizada en occidente sobre las relaciones humanas. Una creencia que se ha llegado a extender tanto que muchísima gente rige sus vidas según esa teoría. Quizás la culpa la tenga una mala lectura de Platón, quizás sea un invento comercial para vender de forma masiva en determinadas fechas según qué productos, quizás sea cosa de la Iglesia y su interés en crear familias monógamas y reproductivas.

El caso es que, según esta teoría, nacemos partidos por la mitad. Incompletos, a medias, imperfectos, fragmentados, escindidos. El entero recorrido de nuestra vida se basa en encontrar la otra mitad que nos complete y llene ese vacío que se supone que nos falta.

Un vacío que quizás, en lugar de a otra persona, requiera auto-confianza, seguridad en uno mismo, salud, dedicarse tiempo para aquellas pequeñas cosas de las que comúnmente prescindimos y que nos producen tanto placer. Quizás ese vacío pueda llenarse con tazas de café caliente en invierno, una cerveza helada en verano, tomar el sol con un libro en las manos.

Un vacío que quizás, por culpa de esa creencia, renunciamos a llenar de esas pequeñas cosas que nos gustan para llenarlo con otra persona. Una persona cualquiera con la que, amemos o no, estemos a gusto o no, debe quedarse con nosotros el resto de nuestras vidas.

Yo prefiero pensar en los seres humanos no como naranjas partidas por la mitad, sino como MANDARINAS.

Sí,  mandarinas. Hechas de muchos pedazos.

Porque cada persona que entra en tu vida deja su pequeña huella. Ya sea una amistad, alguien con quien cruzas la mirada en la calle y jamás vuelves a ver, un polvo de una noche, o alguien a quien amas. Todos y cada uno de ellos van formando un puzle, que puede tener cinco, veinte, mil o dos-mil piezas. Algunas de estas piezas ocuparán más espacio, otras serán más escuálidas porque no te habrán aportado tanto. Pero todas ellas son imprescindibles.

Hasta que encuentras el pedazo final. La última pieza que conforma tu mandarina. Todas las demás piezas del puzle te habrán hecho aprender, fortalecerte, de tal modo que, cuando llegas a la última pieza, eres lo suficientemente madura para quererte a ti misma y a la otra persona sin temores, sin miedos, sin renunciar a nada. Libre para elegir cuántas piezas quieres que tenga tu mandarina.

Ser urbano

En el momento en el que el ser humano se adapta a la vida en la ciudad entra a formar parte de una ilusión de seguridad que lo aísla de la realidad azarosa e injusta de la violencia de la naturaleza de la que forma parte.

Aquí puede ser educado, correcto, solidario. Reprimir el monstruo agazapado en el interior. Olvidarse de cuestiones mortales como la vida, la muerte, la lucha por la supervivencia, y centrar su existencia en la adquisición de bienes (comprar el último Iphone del mercado) o la búsqueda del prestigio social –actitudes que no dejan de formar parte de esta lucha darwiniana del más fuerte por sobrevivir y destacar entre los demás: poder, fama, y popularidad con la finalidad de alcanzar la reproducción (ligar en los bares para echar un polvo)-.

El ser urbano contempla las montañas rodeándolo en la distancia como una cosa aliena a él mismo, que puede visitar cuando decida para salir de su realidad cuando esta lo sature.

Pero la realidad es que si esos cuatro edificios de cemento que lo protegen del exterior desaparecieran súbitamente, el ser urbano, con toda su inteligencia y su adaptabilidad a la sociedad civilizada, con toda su oratoria, su multiplicidad de idiomas y estudios cualificados, sería allá fuera tan inútil e indefenso que en dos días moriría de algo tan impensable para un ser del primer mundo como es la sed, el hambre, o devorado por los depredadores.

Es quizás por esa realidad tan violenta por lo que el ser urbano decide cerrar los ojos muy fuerte a quien realmente es, a las raíces de las que proviene y en las que dará su último suspiro, y decide auto-engañarse. Pensar que es indestructible, que tiene el control, que está en la cima de la pirámide y nadie, ni la vida, puede bajarlo de allí.

Sin embargo, sobrevive tras un muro de piedra que, a la vez que le permite vivir esa mentira donde la muerte no existe, lo aliena de la realidad de su alrededor, aislándolo en un oasis extraviado.

Amor eterno para las chicas de la noche del jueves

Amor eterno para las chicas de la noche del jueves.

Las que se miraron sin hablar para ver si les gustaba el rock y los buenos momentos.

No hay nada más lindo que un te amo mucho, mucho más que un amigo que tiene que vérselas con el corazón.

Siente como conmigo te sientes bien, y no te preocupes.

Que yo te amo mucho, mucho más que en la cama: en mi vida.

Y no me importa lo que no se puede decir, como el viento temblando en tus manos.

Amor eterno para las chicas de la noche del jueves.

Amor eterno para nosotras.

Noche 1.

Estoy embarazada.

Ha venido por sorpresa. Aún no sé ni quién ha sido.

Al principio pensaba en mi pareja, pero una mujer no puede hacerle un hijo a otra así como así.

Entonces le he preguntado a mi madre qué ha podido ser, y se ha enfadado conmigo. “Te está bien, por pendón”. Pero luego me ha preguntado qué nombre le íbamos a poner. Se refería a mi pareja, que aún no sabe nada, y yo. Le he soltado los dos primeros nombres de chico y los dos primeros de chica que me han venido a la cabeza. Pero luego he recordado que no quiero tener hijos, así que le he rogado que me acompañara a sacármelo de las entrañas.

De modo que me ha acompañado a una clínica. Una vez dentro, un cura nos barra el paso. Le he confesado lo que quería hacer y me ha dejado ir un sermón sobre el pecado que estaba a punto de cometer. Me ha dicho que no hay ningún problema en que mi pareja sea una mujer, pero que el hijo debemos tenerlo.

Me ha entrado el pánico. Le he chillado a la cara, lo he insultado, lo he tirado al suelo y he salido corriendo de la Iglesia en la que resultaba estar.

Vamos a otra clínica donde me hacen hacer mil pruebas que no tienen nada que ver con mi embarazo. Pierden tanto tiempo que la barriga empieza a crecerme y me asusto cada vez más.

Los empleados de la clínica me ofrecen ropa de mi nueva talla. Yo les digo que no me gusta esa ropa, que es demasiado colorida para una chica que no quiere tener un hijo. Me peleo con un montón de gente que quiere ponerme un vestido que tape mi enorme barriga de embarazada.

Despierto. Me ha venido la regla.

¡Hola Mundo!

En este apartado iré publicando periódicamente reflexiones, escritos o relatos indagando a través de la palabra entre el mundo de la ficción y nuestra realidad contemporánea, que por otra parte también tiene bastante de ficcional. Espero que os guste, lectores.

Quizás la función del arte sea la de recordarnos que no podemos dominarlo todo. Que no todo es susceptible de ser transformado en saber científico, y que siempre habrá algo que escape de nuestra comprensión, como escapa el arte de la objetivación. El arte nos recuerda que seguimos siendo animales y nos devuelve el vínculo con nuestras raíces más naturales e instintivas. El arte escapa del progreso técnico y lineal que la Modernidad nos quiere imponer y vuela libre hacia regiones incategorizables en un sistema que adora la categorización.

Lara Belmonte.