Algo más que cuerpos

Ella los huele.

Huele sus cuerpos transpirando sudor, sal, y algo de alcohol.

Ellos la miran enseñando los dientes y chispeando los ojos.

Sus camisetas se pegan a sus cuerpos musculosos. El sol ha bronceado sus torsos desnudos y ahora descansan bajo el frescor del toldo de un bar de pueblo.

Sabe que la desean.

Lo sabe, porque se ha dejado el pelo largo, teñido de rubio, y ha elegido prendas para vestir que le tapen lo mínimo justo antes de rozar la indecencia. Las gafas de sol le ocultan la mirada, lo que le da un toque de misterio.

Deja que ellos imaginen el color de sus ojos: el azul que retoza en el mar y promete el cielo, el pardo de la bestia indomable y libre, el color dorado de la dulzura de la miel.

Camina lentamente para que ellos puedan pedirle un cigarro, y tal vez luego invitarla a una cerveza helada.

Ella los mira, y desea que, bajo toda esa parafernalia, esa postura arrogante y esas pocas ganas de pensar en algo más que lo que esconden los pantalones, se encuentre una personalidad fuerte, un carácter que invite a conocerse; ella desea que su conversación no esté vacía, que ellos puedan aportarle algo. Tal vez una nueva forma de ver la vida, una sensibilidad extremadamente afectiva, una inteligencia particular.

Sabe que, en su caso, su apariencia la escuda de una individualidad muy marcada, de una forma de ser intuitiva y sensible que sólo conocen aquellos que se atreven a mirar más allá.

Sabe que, igual que ella se disfraza de alguien que no es para sorprender, puede que existan más personas que, como ella, se cobijan bajo la máscara de un físico perfecto para facilitarse la vida.

Ella desea conocer algo más que sus cuerpos; ella quiere conocer personas.