Amar el Arte

Amar el arte es amar a la belleza. Amar al arte es aprender a ver el mundo con otros ojos. Amar el arte es retar a la muerte, cuestionar la vida, crear submundos dentro de otros submundos.

Entramos en un museo, con aquella vergüenza ingenua de no querer parecer ignorantes ante los demás visitantes, y nos plantamos frente a la hilera de cuadros, bien alineados unos junto a otros, con su pequeña nota informativa al lado –esta persona me creó en este año y me puso este nombre. Esta persona murió hace tiempo, y aquí estoy yo. Observándoos tanto como vosotros a mí-, ordenados por corrientes artísticas, años, orden alfabético. Recorremos las salas de forma ansiosa, esperando encontrar algo. Algo que no sabemos muy bien qué es; algo que despierte algo bajo la ropa, tal vez una voz que nos susurre: “¡Eh, tú! Sí, tú, te hablo a ti, estoy aquí por ti, y voy a enseñarte algo maravilloso.”, algo que nos convierta en personas diferentes cuando salimos del edificio que cuando entramos en él. De pronto, en una de las salas de paredes blancas, encontramos una pintura que nos llama la atención. Un Velázquez, un Monet, un Cézanne. Un cuadro que, por algún motivo, nos ha gustado. Lo miramos de arriba abajo, nos acercamos para ver el trazo del pincel, el uso que el pintor hizo de la pintura, la elección del color. Nos preguntamos qué quiso decir el artista al realizar el cuadro. ¿Tiene un mensaje? ¿Es una parodia de otro cuadro? ¿Qué se oculta tras las sombras del marco? ¿O se trata del arte por el arte? Pero también, ¿por qué nos gusta precisamente este cuadro? ¿Por qué me gusta a mí, por qué me tiene aquí, parada frente a él, mientras la gente alrededor echa un vistazo y sigue andando?

Lo mismo ocurre con un libro, un poema, un artículo, o tal vez una simple frase que contiene en ella misma todo un tratado filosófico escondido en las entrañas. Leemos la última palabra de la última frase de la última página de una obra literaria, cerramos el libro, y miramos al frente, conscientes de que no somos los mismos que antes de leer. Hemos aprendido algo, algo ha despertado en nuestro interior. Leemos un poema y sin saber por qué sus palabras resuenan en la  memoria mucho después de haberlo leído. Leemos algo, y de repente lo vemos por todas partes. Vemos cómo se transforma la ciudad bajo la mirada del flanêur de Baudelaire, los asesinos ocultos entre la masa de los cuentos de Allan Poe, nos reconocemos en los personajes de Tolstoi o Dostoievski. Sentimos que formamos parte de algo. De algo muy grande. Nosotros, pobres e insignificantes humanos, llenos de manías, imperfecciones, secretos, pensamientos oscuros. Vemos que hay algo muy puro que compartimos con el resto del mundo; tal vez una ilusión, un pensamiento, una emoción.

Caminamos entre la multitud con la música acariciando nuestros oídos, y de pronto todo cobra un sentido distinto. Los pasos tienen otra carencia al son del violín, el aire se respira de forma distinta con los acordes de la guitarra española. Incluso las miradas de los transeúntes parecen solidarizarse con los sonidos; rebeldes con el rock, dulces con una balada, nostálgicas con una canción de los ochenta. La música transforma el entorno, dándole sentido.

Lo mismo ocurre con la fotografía, la arquitectura, el cine, el baile. Nos cambia, nos conmueve, nos enseña. Nos hace salir de nuestra propia individualidad, de nuestros miedos personales, problemas cotidianos, y nos hace ver que hay mucho más más allá de eso.

El arte es mucho más que estética; el arte es una explicación, un sentimiento, una emoción; el arte es mucho más que un cuadro, un poema, una danza, o una pieza musical. El arte supera la individualidad, la mortalidad, las fronteras que se impone el ser humano. Quizás en el arte se encuentre el sentido de la vida.

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Háblame

Háblame del cazador

que pescaba estrellas

para regalarlas a la niña enferma.

Háblame de la canción que tarareas

cuando las miradas se nos cruzan en el espejo.

Háblame desde los latidos de tu pecho

Cuando, feliz, poso mi mejilla

sobre tu piel caliente.

Háblame de las guerras sangrientas

Entre dos hormigas

por un trozo de pan.

Háblame del miedo que tiene la Luna

Al Sol, por ocultar su oscuridad.

Háblame de los caminos que no cogiste

Ni yo perseguí,

pero aún así nos juntaron.

Háblame a media noche, con el sueño en los párpados,

Cuando no puedas dormir.

Háblame, háblame siempre,

Aunque no tengas nada que decir.